viernes, 3 de diciembre de 2010

Selva de Libros

Vine a los Estados Unidos porque quería que dejaran de confundirme con mi padre. En un acto de crueldad disfrazado de tradición familiar, me habían bautizado con su nombre —el mismo de mi abuelo y de mi bisabuelo— y aunque las connotaciones políticas de mi apellido siempre me resultaron incómodas, la cosa se volvió intolerable tras el escándalo de hace cuatro años. Esto, aunado al fracaso de mi matrimonio y la creciente certeza que nadie iba a publicar mi novela, me llevó finalmente a irme de México. En cuanto a la academia, la cosa empezó por inercia. A falta de nada mejor que hacer, solicité admisión al programa doctoral en literatura comparada en una prestigiosa universidad de la Costa Este. Para mi sorpresa fui aceptado, y de pronto me encontré viviendo en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra, haciendo análisis textual de las cartas de relación de los conquistadores de México.


La vida universitaria me sentaba bien. Disfrutaba de la plácida compañía de los profesores, de mucho tiempo libre, y de los favores ocasionales de una bella estudiante de licenciatura. Me sentía en paz, aislado de los temblores del mundo y de las tormentas de mi país, casi como un monje de clausura. Así pasaron tres años de relativa felicidad, o si no de felicidad al menos de placentera hibernación. Todo aquello se vio interrumpido hace poco más de medio año, cuando escuché hablar por primera vez de la carta perdida.


Ocurrió durante una cena que el departamento de letras hispánicas había organizado en honor de un famoso catedrático catalán, quien había hecho carrera con un enorme volumen sobre el periodo más temprano de la literatura colonial. El hombre debía tener por lo menos ochenta años, y durante toda la cena habló largo y tendido de ediciones raras, archivos perdidos, apócrifas y falsificaciones. Después de la cena hubo un coctel, y fue entonces que el director del departamento me presentó al catalán. Al escuchar mi nombre, el viejo se sobresaltó. Entonces, en vez de la habitual retahíla de preguntas sobre las oscuridades de la política interna del Partido Revolucionario Institucional, el profesor me sorprendió con una referencia a cierto conquistador del mismo nombre, preguntándome si había parentesco. Confundido, respondí que nunca había oído hablar de aquel ilustre homónimo. El catalán me habló entonces de una legendaria carta de relación, supuestamente redactada por el susodicho conquistador, que narraba en gran detalle y exquisita prosa los hechos de la caída de Tenochtitlan. Aunque varios cronistas del dieciocho hacen referencia a la carta, nadie en memoria reciente la había visto. Comprensiblemente, el profesor expresaba dudas sobre la autenticidad e incluso la existencia del documento.


—Pero en todo caso, —dijo al concluir —cuentan que la carta contiene sorprendentes revelaciones sobre lo verdaderamente ocurrido en 1521. Se trata de una curiosidad interesante, ¿no cree?


El asunto me divirtió mucho, pero no le dí demasiada importancia. Me despedí poco antes de la medianoche, alegando que tenía exámenes que corregir. Me fui del departamento contento, soñando despierto con la mítica carta y mi tatarabuelo conquistador.


A lo largo de las semanas siguientes, descubrí que no podía sacarme la carta de la cabeza. En la biblioteca, en los seminarios de teoría de la literatura, en los brazos de mi amante veinteañera —a todas horas me sorprendía pensando en aquel precioso documento. Comencé a construirme una narrativa heroica: mi primer ancestro había sido un hombre valiente, despiadado, sediento de fama y oro; un übermensch andaluz dispuesto a todo, domador de un continente a golpes de evangelio y mosquete. El cuento me producía un placer extraordinario: constituía una justificación ideal y coherente para la posición privilegiada de mi familia, una explicación expiativa capaz de redimir todos los pecados de mis antepasados. Si lo que el catalán había dicho era cierto, México y sus habitantes le pertenecían a mi estirpe por derecho de guerra, y así todas las acusaciones lanzadas en contra de mi padre y mi abuelo se volvían meras vanidades legales sin ningún tipo de peso moral. De existir la carta de relación, mi apellido cesaría de ser objeto de vergüenza: no se trataría ya de la letra escarlata de unos pequeños burgueses vueltos grandes burócratas por una revolución malhadada, sino de la marca orgullosa de una larga línea de aristócratas criollos, señores de México desde hacía cinco siglos. Mi obsesión creció a pasos agigantados, y al cabo de dos meses había comenzado a robarme el sueño. Finalmente, decidí tomar cartas en el asunto e intentar localizar la carta perdida. Intenté contactar al profesor catalán, con la esperanza que el emérito pudiera proporcionarme alguna información que guiara pasos iniciales de mi búsqueda. Sin embargo, poco después me enteré con profunda decepción que el profesor había muerto, y mis esperanzas de encontrar la carta desaparecieron casi por completo.


Poco después recibí un correo del director del departamento de hispánicas, invitándome a comer: el hombre tenía excelentes noticias para comunicarme. Nos vimos en una pequeña cafetería que había debajo del edificio del departamento. El director parecía genuinamente emocionado.


—Creo que lo que voy a decirle va a agradarle de sobremanera. —dijo el director mientras insistía en pagar mi sándwich— La universidad acaba de recibir una de las donaciones documentales más importantes de su historia reciente. Se trata del archivo completo de un excéntrico millonario italiano: más de cien mil manuscritos, incunables y libros antiguos. Lo que hace que todo esto sea de su interés es que el benefactor en cuestión estaba obsesionado con Montezuma, la ópera perdida de Verdi, y así pues el archivo consiste casi en su totalidad de documentos relacionados con la Conquista. Estoy seguro de que usted encontrará fuentes valiosísimas para su investigación.


Semejante noticia me dejó helado. Hice lo posible por mantener la compostura, y en cuanto la cortesía lo hizo permisible me despedí del director. No podía evitar pensar que, tal vez, el archivo del italiano contendría una copia de la carta perdida. Fui corriendo a la biblioteca, donde me dijeron, para mi horror, que el archivo no estaría abierto a la investigación hasta dentro de por lo menos seis meses, tiempo que tomaría catalogar sus contenidos. Me fui a casa en un estado deplorable, convencido de que la espera iba a volverme loco mucho antes de transcurridos los seis meses. Esa misma noche resolví entrar al archivo a escondidas.


Lo logré por primera vez una semana después. Un fajo de dólares en las manos del guardia de seguridad de la biblioteca me granjeó no sólo la entrada, sino también la localización exacta del sótano donde habían almacenado el archivo en espera de clasificación. Armado de una linterna y de mi computadora portátil, me adentré por primera vez en la selva de papel. El avancé resultaba difícil; los documentos estaban empacados en unas trescientas cajas de cartón, y lo tupido de los fajos significó que el amanecer me encontró sin haber terminado de revisar la primera caja. Regrese la noche siguiente, y la próxima también, pero al cabo de una semana sólo había logrado recorrer las tres primeros bultos. Frustrado por la lentitud de mi progreso, decidí tomar medidas más serias.


Con la excusa de una visita al Archivo General de la Nación, en la Ciudad de México, pedí permiso en el departamento para ausentarme un mes. Me hice de un saco de dormir, así como de provisiones de agua y comida para tres semanas y de todo lo necesario para una expedición más seria. Así como mi ancestro había recorrido a machetazo limpio las oscuras selvas de Veracruz, yo me preparaba para mi propio viaje de descubrimiento a través de una selva de libros, en busca de un El Dorado de papel. No pensaba salir de ese sótano hasta haber encontrado la carta perdida.


No se cuanto tiempo pasé en el archivo. Perdí la cuenta de los días cuando se terminaron las baterías de mi linterna y me vi obligado a quemar el cartón de las cajas para iluminar los textos que leía. Las pocas veces que alguien entró al sótano logre esconderme sin demasiada dificultad, y no creo que nadie sospechara de mi presencia en el archivo. Al alargarse la búsqueda fui racionando la comida, y cuando está se terminó, aprendí a alimentarme de las muchas alimañas que habían hecho nido entre el cálido abrigo del papal viejo. Una tubería rota en un rincón me proveía de toda el agua que necesitaba, y una oquedad en el otro extremo funcionaba a la perfección como letrina. El momento de mayor horror me aconteció cuando, al abrir una caja nueva, me encontré con una serpiente coralillo viva, quizás la expresión más excéntrica de la obsesión del italiano por Mesoamrica.


En la caja ciento treinta y dos encontré la carta. Se trataba de una traducción al francés, editada en Marsella en 1713. La devoré con ojos ávidos, sin comer ni dormir durante todo el tiempo que me tomó leer las mil quinientas páginas del volumen. La relación contenía, en efecto, revelaciones extraordinarias, de las cuales solo reproduzco la más sorprendente: resulta que el cuento del apedreamiento de Moctezuma es falso; gracias a los auspicios de un oscuro monje dominico, el emperador vendió la ciudad a cambio de la salvación de su alma, y acabo sus días en un convento extremeño. Al final del libro, sin embargo, me esperaba una terrible decepción: una postdata, añadida tras la muerte del autor por un su amigo y confesor, lamentaba que un hombre de semejante talla como el autor de la relación hubiera muerto sin descendencia para portar su nombre.


El descubrimiento me destruyó por completo. En un acto de furia, hice trizas el viejo volumen y le prendí fuego. Esperé a que las últimas brazas fueran cenizas, y entonces salí de la selva. El sol de mediodía casi me ciega. Sin hacer siquiera una parada en casa para limpiarme la cara, fui a ver al director del departamento y, sin darle explicaciones, le exigí que me diera de baja del programa doctoral.


El lunes siguiente apliqué para la ciudadanía norteamericana y solicité un cambio de nombre. Poco después me arrestaron por incendiarismo.


Sinceramente,

NMMP


miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Nostos Moderno

You said: “I’ll go to another country, go to another shore,
find another city better than this one.
Whatever I try to do is fated to turn out wrong
and my heart lies buried like something dead.
How long can I let my mind moulder in this place?
Wherever I turn, wherever I look,
I see the black ruins of my life, here,
where I’ve spent so many years, wasted them, destroyed them totally.”

You won’t find a new country, won’t find another shore.
This city will always pursue you.
You’ll walk the same streets, grow old
in the same neighborhoods, turn gray in these same houses.
You’ll always end up in this city. Don’t hope for things elsewhere:
there’s no ship for you, there’s no road.
Now that you’ve wasted your life here, in this small corner,
you’ve destroyed it everywhere in the world.
C.P CAVAFY



1

El protagonista titular de Tarzan of the Apes y el narrador de Los Pasos Perdidos comparten una dolencia: se sienten incómodos en su circunstancia. Aunque los particulares de dicha incomodidad difieren, la estructura de la dolencia es la misma: existe una discrepancia entre los orígenes del protagonista y su condición actual; el protagonista siente que “no pertenece” en el lugar y tiempo donde se encuentra. El motor conflictivo de ambas narrativas se forma cuando los personajes toman conciencia de esta incomodidad y deciden hacer algo para remediarla. Así, tanto Tarzan como el narrador de Los Pasos Perdidos —a quien en este ensayo se llamará, por comodidad, “el Musicólogo”— emprenden un “viaje a la semilla” en busca de sus orígenes, haciendo un intento con esta travesía de encontrar una circunstancia que les sea más propicia, un lugar y tiempo al que “sí pertenecen.” Sin embargo, el éxito de estos viajes depende de la viabilidad de realizar una travesía “simultanément dans l’espace [et] dans le temps.” (Lévi-Strauss, p.79) Dado que este “viaje-a-través-del-tiempo” resulta imposible, los protagonistas de ambas novelas terminan sus aventuras profundamente decepcionados, habiendo descubierto que no importa a dónde vayan: su dolencia los seguirá hasta el final de la tierra.


2

Pese a que los viajes emprendidos por Tarzan y el Musicólogo cumplen la misma función, —la búsqueda de una “tierra prometida” donde los personajes se sentirán finalmente “en casa”— estos viajes ocurren en direcciones opuestas. Esta oposición se ve evidenciada por el uso que ambos personajes hacen de la ropa. Tarzan, que estaba desnudo, busca cubrirse; el Musicólogo, cansado de la opresión de las ropas, busca volver a la desnudez. Lo primero que Tarzan hace al llegar al puerto colonial de dónde espera zarpar a Paris es conseguirse un traje, de modo que “none might know that two short months before, this handsome Frenchman in immaculate white ducks . . . had been swinging naked through primeval forests to pounce upon some unwary victim.” (p.209) Pareciera que Tarzan está ansioso por abandonar el Estado de Naturaleza; y es incluso posible leer el episodio en el que el Rey de los Simios instruye a su tribu sobre como deben derrocar a cualquier jefe que se vuelva injusto —“If you have a chief who is cruel . . . let three or four of you attack him together . . . then no chief will dare to be other than he should be.” (p. 140)— como una alegoría de la fundación del Contrato Social.


Al contrario, el Musicólogo celebra la oportunidad de desvestirse para bañarse junto con Rosario en un estanque: “nos bañamos desnudos, los de la Pareja . . . asombrados de que sea tan grato sentir la brisa y la luz en partes del cuerpo que la gente de allá muere sin haber expuesto alguna vez al aire libre.” (p.221) Así, el Musicólogo expresa su deseo de volver al Jardín del Edén, dónde el primer hombre y la primera mujer no conocían el pudor. Queda entonces claro que el viaje de Tarzan es hacía adelante, avanzando del pasado hacia el futuro; y que, por el contrario, la travesía del Musicólogo transcurre hacía atrás, retrocediendo del futuro hacia el pasado. Ambos recorridos, sin embargo, constituyen un intento de volver al origen: el verdadero nombre de Tarzan es Lord Greystoke, (p.32) mientras que el Musicólogo llama al español “el idioma de mi infancia.” (p.12)


3

La posición temporal del origen mítico de los personajes determina la estructura de sus viajes. Así, el hecho de que el origen de Tarzan se encuentre en “el futuro” demanda que el viaje del Rey de los Simios siga una estructura teleológica y progresiva. De allí que la travesía de Tarzan siga las líneas de la evolución darwiniana, avanzando de una sociedad de prehomínidos a “the height of civilization.” (p.228) Así, del “eslabón perdido” representado por la tribu de Kerchak, Tarzan avanza a la aldea de los nativos negros[1]: “In the distance were several buildings surrounded by a strong palisade. Between them and the enclosure stretched a cultivated filed in which a number of Negroes were working. […] Thus came Tarzan of the Apes to the first outpost of civilization.”(pp.209-210) De allí, el Rey de los Simios llega a una pequeña ciudad colonial, donde comprar sus elegantes ropas: “Another month brought them to a little group of buildings at the mouth of a wide river, and there Tarzan saw many boats and was filled with the old timidity of the wild thing by the sight of many men.” (p.211) Después, Tarzan viaja a la metrópolis, donde D’Arnot espera legitimar la identidad del Hombre-Simio como heredero legal de Lord Clayton: “Three weeks later Tarzan and D’Arnot were passengers on board a French steamer bound for Lyons, and after a few days in that city D’Arnot took Tarzan to Paris.” (p.216) Finalmente, en un detalle que traiciona la adhesión poco sorpréndete de Burroughs al excepcionalismo americano tan en boga en su época, Tarzan llega a Baltimore, en los Estados Unidos. Puesto que Tarzan es una especie de “super-hombre,” necesita recorrer todo el camino de la evolución de la especie para encontrar su lugar en el mundo, en la sociedad más avanzada que existe.


Por otro lado, el hecho de que el origen del Musicólogo se encuentra “en el pasado” requiere que el viaje de este tenga una estructura regresiva. Es por esto que la travesía del protagonista de Los Pasos Perdidos se ve informada por la filosofía de la historia de Spengler y otros, así como por el proyecto de las ciencias sociales; en particular la antropología. El Musicólogo se siente incómodo en la modernidad, considerándola decadente y fallida. Esta consideración es evidenciada por el relato que hace de su experiencia de la Segunda Guerra Mundial, donde escucha a una tropa de prisioneros de guerra Nazis cantar el coro final de la Novena Sinfonía (p. 106-108).


De allí que el viaje del Musicólogo deba entenderse, en un eco de Lévi-Strauss, como un intento de buscar el “mínimo denominador” de las sociedades humanas. Así, la odisea del protagonista de Los Pasos Perdidos comienza en una gran ciudad norteamericana, tal vez Nueva York, donde un epígrafe bíblico apunta, “[los] cielos que están sobre tu cabeza serán de metal; y la tierra que está bajo de ti, de hierro.” (p.5) De allí, el compositor vuela a “aquella capital dispersa, sin estilo, anárquica en su topografía,” (p. 41) donde presencia una típica revolución latinoamericana. Más adelante, el Musicólogo tomará uno de “los autobuses que conducían al puerto desde el cual había modo de alcanzar, por río, la gran Selva del Sur.” (p.84) En el camino, pasa por “un pueblo, puesto sobre una pequeña meseta redonda, rodeada de torrentes, que me pareció de un sorprendente empaque castellano.” (p. 89) Tras abordar una barcaza reminiscente de la fletada para rescatar al Agente Kurtz en Heart of Darkness, el narrador pasará sucesivamente por las Tierras del Caballo, donde “parecía que el hombre fuera más hombre” (p.127); las Tierras del Perro, en las cuales “detrás de los últimos tejados, se erigían los primeros árboles de la selva aún distante” (p.153); y, finalmente, las Tierras del Ave, donde se alza la ciudad del Adelantado, polis en gestación (p.234) El Musicólogo parte en busca de una sociedad que aún no haya sido corrompida por las maldades de la modernidad, esperando encontrar una vida sencilla y pura, donde pueda sentirse “en casa.”


En todo caso, el paralelismo entre ambas travesías es claro: se va, en direcciones opuestas, de las grandes ciudades estadounidenses, símbolos de la modernidad absoluta, a las sociedades más primitivas. Tarzan y el Musicólogo transitan por capitales coloniales, puestos de avanzada de ejércitos conquistadores, y asentamientos recién establecidos por descubridores de nuevas tierras, recorriendo, al menos en apariencia, la historia de la humanidad.


4

Sin embargo, el paralelismo más importante que existe entre las aventuras de Tarzan y las del Musicólogo de Los Pasos Perdidos es la desilusión con la que se encuentran al final del viaje. Estas desilusiones toman la misma forma: las mujeres con la que los protagonistas buscan reunirse, y que en muchos aspectos representan el motor más inmediato para las transformaciones intentadas, terminan por rechazarlos. Es en busca de Jane Porter que Tarzan ha emprendido su viaje: “Your savage, primeval man, [has] come out of the jungle to claim his mate.” (p.214) Sin embargo, Jane Porter decide negarse a aceptarlo: “You will be happier without me. You were never meant for the formal restrictions and conventionalities of society—civilization would become irksome to you, and in a little while you would long for the freedom of your old life—a life to which I am as totally unfitted as you to mine.” (p.217) Lo mismo le ocurre al narrador de Los Pasos Perdidos, quien hacia el final del libro reflexiona de la siguiente manera: “La verdad, la agobiadora verdad —lo comprendo yo ahora— es que la gente de estas lejanías nunca ha creído en mí. Fui un ser prestado. Rosario misma debe haberme visto como un Visitador, incapaz de permanecer indefinidamente en el Valle del Tiempo Detenido.” (p.308) Tanto Rosario como Jane Porter terminaran casándose con hombres de su mismo “tiempo”; la primera con Marcos, la segunda con el falso Lord Clayton. La carga simbólica de estos rechazos es clara: Tarzan y el Musicólogo son incompatibles con las sociedades a las que quieren incorporarse. Pese a su odio por la Novena Sinfonía, el narrador de Los Pasos Perdidos es irremediablemente un hombre moderno y occidental; mientras que Tarzan, por debajo de todos sus cambios superficiales, sigue siendo “a wild beast at heart.” (p.216)


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¿A qué se debe, entonces, esta imposibilidad de viajar en el tiempo? Dos hipótesis parecen plausibles. Por un lado, al contrario de lo que las narrativas darwinistas y antropologicas que informan respectivamente los viajes de Tarzan y del Musicólogo parecen implicar, no existe un equivalente temporal a los desplazamientos geográficos de estos viajes. El Musicólogo intuye esta posiblidad al reprochar la actitud del piloto de la avioneta que habrá de llevarlo de vuelta a la civilización, acusándolo de comportarse “como si lo de acá no fuese también el presente.” (p.261) De este modo, la propuesta de Lévi-Strauss resulta ilusoria: los trópicos existen en el mismo tiempo que la ciudad, y por lo mismo el viaje al origen, encuéntrese este en el pasado o en el futuro, es pura (des)ilusión.


Otra posibilidad es que la incomodidad de los personajes en sus circunstancias presentes no implica necesariamente que pertenezcan al origen. Aún si Tarzan es hijo de un lord inglés, y aún si el Musicólogo pasó su infancia en Latinoamérica, ambos han abrevado ampliamente de sus circunstancias actuales, de manera que ya tampoco están “en casa” en el origen —por ponerlo de otra manera, el origen ha dejado de ser original. Esto es lo que sugiere el último dialogo de Tarzan, cuando el Rey de los Simios reniega de la paternidad de Lord Clayton: “My mother was an Ape, and of course she couldn't tell me much about it. I never knew who my father was." (p.229) Así, la dolencia de Tarzan y del Musicólogo es mucho más profunda de lo que parece a primera vista: no se trata de una incomodidad contingente a una circunstancia en particular; los protagonistas de ambos libros no pertenecen a ningún lugar, están atrapados entre un origen al que no pueden volver y un presente en el que no se sienten cómodos.


Podemos concluir que el género de Tarzan of the Apes y Los Pasos Perdidos es profundamente pesimista: casi sin excepción, los “Libros de la Selva” terminan mal. El gran descubrimiento de Tarzan, el Musicólogo, Malone, Marlow y compañía es una terrible desilusión: es imposible volver al origen. Baudelaire lo ha dicho mejor que nadie: Amer savoir, celui qu’on tire du voyage!” Los “Libros de la Selva” constituyen la versión moderna de uno de los relatos arquetípicos de la historia de la literatura: el nostos, o regreso a casa. Sin embargo, a diferencia de Odiseo, los héroes modernos —porque todos los héroes de los “Libros de la Selva,” incluso Tarzan, son héroes modernos— no pueden volver a casa, y están condenados a peregrinar eternamente, hasta que la muerte los lleve “au fond de l’Inconnu, pour trouver du nouveau!”


Sinceramente,

NMMP



[1] El racismo de Burroughs, así como su interpretación errónea de la teoría de la evolución son, además de evidentes, sin duda interesantes —pero no caben dentro de la temática de este ensayo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Castigo Filipino


Cesar Nava, Edgar Villareal, Javier Aguirre, Emilio Azcarraga, Ricardo Salinas Pliego, Rene Bejarano, Andres Manuel Lopez Obrador, Felipe Calderon, Enrique Peña Nieto, Mario Marin, Elba Esther Gordillo, El JJ, Onesimo Cepeda, Sandoval Iñiguez, Norberto Rivera, Juan Pablo II, Loret de Mola, El SME, El Bofo Bautista, Los tres regiomontanos que me querían matar anoche, Carlos Slim, Godoy Toscano, Santiago Creel, Alex Lora, Diego Fernandez de Cevallos, Arturo Montiel, Victoriano Huerta, Gabriela Cuevas y su novio, Ulises Ruiz, Justino Compean, Decio de María.

A todos estos habría que encerrarlos con Manny Pacquiao.

Sinceramente,
SEMV

viernes, 19 de noviembre de 2010

On Harold Bloom

Michael Rose has said:

"When reading Harold Bloom, you get the impression of an extremely sad man burdened with the unfortunate certainty that he is always right."


Well said, Mike.

Sinceramente,
NMMP

jueves, 18 de noviembre de 2010

El Pobre Diablo

Tiene la cara de un diablo estúpido o de un pobre demonio corriendo a mil por hora o de un kamikaze con mala puntería. Es gordo y moreno y está lleno de pelo. Si se quita los pantalones cuesta trabajo verle la verga o el culo por la cantidad de pelos que tiene. La barba le crece desde los pómulos y el pelo de su cabeza abarca la mitad de su frente. Siempre está sonriente y siempre está mintiendo. Tiene veintitrés años y se llama Lauro.

El mal tiene una estrecha relación con la mentiras, es por eso que algunos vemos en ellas siempre algo de muerte e intentamos olvidarlas u olvidar que son mentiras. Lauro es un mitómano y lo ha sido desde muy pequeño.

El padre de Lauro es de mala reputación. Hay señoras de mucho dinero que escondidas en sus fortalezas de jardines, sirvientes y murallas aseguran que el padre de Lauro fue prostituto de joven. Dicen, bajando un poco el tono de voz, que no distinguía entre hombres y mujeres, que todos podían ser sus clientes. Dicen que siempre estaba drogado en las fiestas, que toda la vida fue un gigoló y vivió de sus mujeres; primero de su madre, después de una novia, después de su primera esposa y después de la segunda. Tuvo hijos con las dos esposas y uno con la novia de antes. Lauro era producto del segundo matrimonio, el mas chico de todos.

Cuando Lauro tenía siete años su papa lo llevaba a dar vueltas en el coche de su madre, ponía un casette de Luis Miguel y prendía un porro. Le contaba todo tipo de historias; de sus días como gurú de publicidad en Los Ángeles, de las muchas novias que tuvo antes de su mama, de cómo le gustaba dormir con su mama, de muchas cosas, y al cabo de muchas vueltas y otro porro, el padre de Lauro se cansaba y se paraba en el restaurante de un amigo para comer.

Años mas tarde Lauro llego a cuestionarse la veracidad de estas historias pero sin demasiada consciencia desistía rápidamente.

Lauro siempre fue muy curioso y muy travieso. Durante la pubertad, se vio involucrado en múltiples cizañas que terminaban en golpes sin que el participara. Era muy listo (mucho más que sus amigos) y nunca salió lastimado.

Lauro perdió la virginidad a los quince años con una niña dos o tres años mas grande llamada Nayeli. Una niña de origen humilde que llevaba dos años cojiéndose a pubertos adinerados sin saber realmente muy bien por qué. Vivía sola con su hermano, de ves en cuando su papa les mandaba dinero y a veces les ayudaba una tía.

Fue a casa de Lauro pensando que había una fiesta por que eso le había dicho Saúl por teléfono. Eso era lo que siempre le decía Saúl y cuando llego también se encontró con lo de siempre: Saúl y tres amigos borrachos. Le dijeron que todavía no llegaba la gente pero que se tomara una cuba y se la tomo y paso lo de siempre, se emborrachó y Saúl se puso de pie, se bajo los pantalones y le dijo:

- Verdad que la tengo bien grandota Nayeli. Chúpamela.

Y entonces Nayeli, sin saber muy bien por qué, se ponía a chupar la verga de Saúl. Cada cierto tiempo descansaba, le servían un vaso con tequila, le daba un trago y continuaba. Lauro miraba todo en el sofá de enfrente muy excitado. Moviendo los pies, apretándose la verga hasta levantarse y decir:

- Ven Nayeli, te quiero enseñar mi cuarto.

Lauro tiene una imagen muy baja de sí mismo. No le gusta pensarlo porque siente ganas de pedir perdón; a su mama o a sus amigos o a su perro. Pero eso de pedir perdón es una idea horrible de pensar, a Lauro no le gusta pedirle disculpas a la gente, tampoco le gusta mucho dar las gracias, aunque eso sí lo hace todo el tiempo, hasta cuando un niño pobre se acerca a su enorme camioneta y estirándole la mano le dice:

- Me da un peso por favor

Y Lauro siente una llama de culpa encenderse entre sus pulmones, la apaga rápidamente con un automático y despistado

- No tengo…gracias.

Lauro es un tipo orgulloso. No le gusta perder y es muy desconfiado. A mi nadie me hace pendejo, dice frecuentemente.

Lauro asume, entre muchas otras cosas, que sus amigos son como él. No se la cree si uno de ellos se porta amable con alguien mas, tampoco se la cree si alguien le protesta alguna insolencia. Lauro estÁ convencido que ellos la cometerían tanto o peor que el.

Pero sobre todas las cosas Lauro es un seductor. Es dueño y creador de un acto infalible. Vestido de colores combinados, oliendo a dos lociones diferentes y con una sonrisa inmensa, Lauro siempre conquista a quienes conoce. Les cuenta todo tipo de historias, y las cuentas con tal detalle que es imposible cuestionar su credibilidad. La verdad es que, en el mejor de los casos, las anécdotas de Lauro son exageraciones, y en la mayoría de las ocasiones son mentiras o robos de narraciones ajenas.

Un día Lauro es detenido por la policía mientras compra 500 gramos de marihuana a su dealer de cabecera, un tipo al que incluso ha invitado de fiesta y en la eufÓria de las tres de la mañana le ha asegurado quererlo mas allá de su relación comercial, que lo ve como un amigo y entiende perfectamente las condiciones de vida que lo llevaron a vender drogas y que puede confiar en el, que no por ser güerito es puto.

Los Policías encuentran los 500 gramos de marihuana en la mochila de Lauro y mil pesos en los bolsillos del dealer, dicen:

-Uy Guerito, ¡esta sí te va salir cara!

Con tranquilidad Lauro se baja del coche y olvidando toda calidez le dice al dealer que se quede en el coche. Se aleja un poco de la puerta con el policía, le sonríe, le da la mano y se presenta:

- Hola oficial, soy Lauro Gamboa. No queremos hacer esto un problema muy grande ¿Verdad? Escúcheme un segundo por favor, Mi tío es el procurador y no quiero tener que molestarlo a estas horas, tengo mil pesos en mi cartera y le puedo decir donde vive el joven que está sentado en mi camioneta y ahí pueden encontrar muchas cosas. ¿Qué le parece? No queremos hacer esto un problema muy grande ¿Verdad?

Lauro se salva tras pagar un poco mas de lo que había dicho por hacer el ridículo fingiendo una llamada a su inexistente tío.

Días después, en un aula universitaria donde un profesor habla en vano, piensa en el dealer y sospecha sentir dos cosas. Primero un poco de miedo: ¿Y que si ese cabrón viene por mi? Se muerde las uñas por un rato. No, no, no, pura paranoia. Nunca le dije mi nombre. Entonces entra la culpa pero es repentina, la tranquiliza, concluye que la culpa, en realidad, es de ese pendejo por andar jugando con fuego.

Sinceramente,
SEMV

miércoles, 17 de noviembre de 2010

The Digital Panopticon

Omnipresent, omniscient, omnipotent camera — It does not matter whether it is God, your bodyguards, your father or Big Brother who is watching —your behavior will change if you are aware that you are being observed. Moreover, if the man behind the camera is a judge with the ability to promote you or demote you on the basis of your performance, the change in your behavior will, in all likelihood, be directed towards pleasing this figure of authority. Under constant surveillance, your life becomes a permanent act of theatre —you no longer live for the sake of living, you exist only to please the camera.


Your life in an open source dossier —Let us imagine a science fiction scenario: a large corporation creates a great Archive of Lives, and private citizens are invited to submit dossiers with information about themselves. When you agree to participate, you are asked to include a brief biography, a selection of interests, a few favorite movies. It is requested that you define your political and religious views in one or two words, and that you declare your sexual orientation. You are also asked to indicate your level of education, your workplace, and whether you are desperate for a hookup or looking the love of your life. Your dossier is to include a list of people whom you consider your friends; they will be able to see your file at will. Finally, you are given the opportunity to include photographs of yourself and of others associated with you. All of these components will be cross-listed with those of other informants, to create a great network that will eventually provide a precise map of the relationships between all mankind.


Disconnect, and stay connected — So reads the advertisement campaign of a major Internet provider. It has the uncanny paradoxical ring of “War is Peace” and “Freedom is Slavery.” The prevalence of smart-phones and slogans like this are indicative of the social climate regarding Internet communication: no matter where you go and what you do, stay in touch. The pressure to maintain a constant flux of information to and from the hive-mind is growing. Stay updated, says the friendly machine, and make sure to keep me updated too.


Re(Omnipresent, omniscient, omnipotent camera) —Orwell and others have imagined a world in which a totalitarian state placed cameras everywhere, thus allowing for permanent vigilance over the actions of all citizens. They were mistaken —the cameras have not been fixed by the state in specific locations. Rather, it was the citizens themselves who were given immense amounts of digital cameras —often times as part of their smart-phones. It was not even necessary to tell give them any further instructions; out of their own accord they began to constantly photograph and videotape each other.


The Digital Panopticon —It all comes together in Facebook. In the digital age, Bentham’s Panopticon has been inversed —instead of having a single guard constantly observing all the prisoners, we have each prisoner locked up in a mirrored cage, under the perpetual gaze of all of the other prisoners. You watch as part of an anonymous crowd, and are in turn watched —and the crowd is judging you. The most terrifying part of the whole ordeal is that it did not happen due to some well-executed plan devised by a powerful government. Facebook appeared almost spontaneously, a product of our social trends. The digital age has brought on social totalitarianism —and we did not eve notice.


Sinceramente,

NMMP

La Ruta Siete

Janet estudió antropología en una pequeña universidad del estado de México. Tiene 26 años y trabaja como cuidadora en un camión de trasporte escolar privado. Es un camión amarillo y moderno. El número siete.


Salen de muy lejos, pero el chofer la recoge debajo de un puente peatonal en viaducto que le regala media hora mas de sueño. Pasa por ella a las cinco y media de la mañana. Cuando sale de su casa hace frío y le da miedo.


El primer alumno se sube a la seis. Vive en la Anzures. Es un niño de cinco años que se sube con los ojos cerrados y duerme nada más tocar el asiento. Su madre saluda a Janet amablemente. A Janet le cae bien por que a los demás niños pequeños, sobre todos a los últimos, no los acompañan sus mamas.


Recogen a muy pocos antes de subir por la carretera. Por lo general los niños están tranquilos y el chofer tiene la ventana abierta y van rápido y a Janet le gusta como la golpea el aire frío en la cara, cierra los ojos.


Cuando entran a los suburbios el camión se empieza llenar rápido. Esta es una zona donde todos son vecinos, piensa. Llegan a la escuela y son el último camión, la directora esta en la entrada intentando sonreír a todos los alumnos.


Durante el día Janet trabaja sacando copias en la biblioteca o limpiando los laboratorios. Prefiere lo segundo por que puede ver a los animales dentro de los frascos. Un borrego pequeñísimo, uno que nunca nació, encubado con un liquido transparente en un recipiente parecido al de la mermelada pero mas grande. También le gusta el esqueleto y el cráneo, del segundo quiere saber si es de verdad, no se atreve a tocarlo.


Los camiones salen a las dos. Hay un hombre gordo y rosa que coordina todo el movimiento que parece un desalojo militar. Un guardia de seguridad para el trafico con un chaleco y una señal de alto. Los camiones pasan, uno tras otro, imponentes y amarillos, frente al transito desesperado que sólo puede mirar.


Cuando el camión ya esta vacío y llega a ese nudo horroroso frente a los cines de Tacubaya, donde abunda el sopor y el ruido de cláxones, Janet saca las copias que hace en la escuela cuando no la ven. Hay un libro de los Mazahuas que esta leyendo. Cada día saca diez copias. El chofer prende el radio y ella se pone a leer y a subrayar lo que mas le interesa.


Janet lleva el pelo recogido en una cola de caballo larga y negra, también tiene los ojos negros y grandes. Durante toda su vida hizo mucho deporte, tiene las piernas fuertes y las caderas grandes. Los labios parecen siempre estar dando un beso y se pinta las uñas de colores diferentes todos los días. Hay mas de un chofer que intenta diariamente invitarla a salir.


Los alumnos mas grandes del camión la molestan. Cuando les dice que se sienten se ponen de pie, y cuando no esta viendo se cambian de lugar. Los de trece años avientan cosas por la ventana a otros coches. En los asientos delanteros hay un niño y una niña de diez años que amarran un suéter entre los asientos para bajarse los pantalones y mirarse con mas privacidad. Janet no entiende de esto, pero sabe que si lo permite y alguien se entera la corren.


Hay un alumno particularmente molesto. Se llama Diego y tiene dieciocho años, es alto, guapo y fuerte. Los viernes se sube al camión con aliento alcohólico e intenta bromear con el chofer hablándole de futbol. Después, como si fuera cada ves más chistoso, le pregunta, con una mezcla de lambisconeo y burla, que cuándo lo va acompañar de peda, que cuándo se van por unas perras y que en una de esas y hasta invitan a la Janet. Se ríe mientras se aleja por el pasillo, Janet pretende no escuchar.


Un día mientras Janet pasea por los muebles de la biblioteca se encuentra con la imagen de Diego besando apasionadamente a otro alumno menor que el, de unos quince años; un chico bajito y de pelo muy rubio, casi albino, de piel blanca y ojos azules, vistiendo unos pantalones deportivos pegados y con algún letrero en ingles bordado sobre una de las piernas. Janet se da la vuelta instintivamente y camina hacia al otro lado, no puede evitar reírse.


Al día siguiente por la mañana, justo después de que los alumnos abandonan el camión, Janet verifica los asientos y descubre a Diego durmiendo en la ultima fila. Lo despierta tocándole una pierna y este reacciona de inmediato tomándola del brazo con fuerza y jalándola. Janet se espanta, abre los ojos con horror e intenta gritar pero Diego le tapa la boca con fuerza. Le dice: ¡Shhhh! ¡Tranquila! No te voy a hacer nada, sólo no le digas a nadie lo de ayer, por favor, te juro que no vuelvo a armarte un solo pedo aquí pero no le digas a nadie, te lo imploro.


Diego suelta a Janet que sigue asustada y no puede hablar muy bien. Diego se disculpa agregando que no sabía como pedírselo. Janet baja la cabeza, el le sigue pidiendo perdón al mismo tiempo que le pregunta si puede confiar en ella. Mirando al suelo y con ganas de llorar del susto, Janet asiente en silencio.


Sinceramente,

SEMV